El Islam y la democracia

agtariq
Por agtariq febrero 10, 2016 16:06

El Islam y la democracia

Relaciones internacionales: el principio de justicia absoluta igualmente aplicable a todos

Incluso los políticos y los hombres de estado de hoy necesitan de las enseñanzas islámicas. Es una fe cuya piedra angular en los asuntos internacionales es la justicia absoluta.

“¡Oh vosotros, los que creéis! Sed perseverantes en la causa de Al-lah en calidad de testigos justos; y que la enemistad de un pueblo no os incite a actuar con injusticia. Sed siempre justos porque eso está más cercano a la piedad. Y temed a Al-lah. En verdad, Al-lah es consciente de lo que hacéis.” (C. 5. Al-Maidah: 9).

No puedo afirmar haber leído todo sobre todas las principales religiones del mundo, pero tampoco soy completamente ignorante respecto a sus enseñanzas. Sin embargo, durante mis estudios, no he logrado encontrar un precepto similar al del versículo anterior en las diferentes escrituras sagradas. Incluso la mención de las relaciones internacionales es rara. Si se encontrara también una enseñanza similar en otra religión, puedo asegurarles que el Islam estaría en total acuerdo con dicha enseñanza, porque en ella subyace la clave de la paz del mundo.

El mundo en general está hoy preocupado por las perspectivas futuras de paz mundial. Los cambios trascendentales del mundo socialista que están marcando la época actual y las relaciones entre las superpotencias, cada vez mejores, ofrecen un viso de esperanza. El mundo está de un humor exultante. El consenso general de opinión entre los políticos principales, parece ser extremadamente optimista, incluso eufórico, ante el probable éxito de los cambios revolucionarios y trascendentales de que estamos siendo testigos hoy día.

El Occidente, en particular, parece estar excesivamente confiado y jubiloso. Se está haciendo cada vez más difícil para los americanos contener su júbilo ante lo que consideran una victoria de «grandslam» sobre el hemisferio comunista, una victoria contemplada por algunos como la del bien sobre el mal y de lo verdadero sobre lo falso.

El papel de la organización de las naciones unidas

De los muchos debates en boga acerca de las perspectivas futuras de paz mundial, como resultado de los recientes acontecimientos, hay uno en particular que necesita una mención especial. Se trata del papel que la Organización de las Naciones Unidas va a jugar en el intento de asegurar y mantener (esto es, crear y conservar) la paz mundial mucho más eficientemente que nunca.

Con la guerra fría entre los dos supergigantes llegando a su fin, se dice que hay una buena oportunidad de cerrar el hueco entre sus hasta ahora divergentes perspectivas: menos veto en las sesiones del Consejo de Seguridad, al parecer, y más decisiones conjuntas acerca de cómo debieran resolverse problemas globales. Esto puede representar un aspecto completamente nuevo para el Consejo de Seguridad del futuro.

El único obstáculo en este momento es el peligro de que China actúe en contra del consenso, pero a la vista de los tremendamente complicados problemas económicos y políticos de China, no sería imposible convencer a China de las ventajas de un acuerdo.

Que este sueño se haga real o no, es otro tema. Dado que tanto el Consejo de Seguridad como las Naciones Unidas, surgieron como el instrumento político más poderoso para ejercer influencia sobre los acontecimientos del mundo y forzar a las naciones más pequeñas a someterse a la voluntad suprema de las naciones del mundo, tal escenario era inconcebible antes de la caída del Muro de Berlín. Pero la cuestión sigue ahí, o más bien brilla con más fuerza que nunca en el horizonte político ¿Podrán las Naciones Unidas en su nuevo papel de poder judicial y ejecutivo combinado en tan enorme proporción lograr la paz mundial?

Ruego que se me excuse si parezco demasiado pesimista, pero mi respuesta a esta pregunta es muy apologética: «No». El tema de la guerra y la paz en el mundo no sólo cuelga del hilo de las relaciones entre las superpotencias. Es una cuestión profunda y compleja, cuyas raíces yacen enterradas en las filosofías políticas y en las actitudes morales de las naciones del mundo.

Además, la disparidad económica y la diferencia creciente entre los ricos y los pobres del mundo, van a jugar un papel importante en los acontecimientos futuros. A menos que se acepte y se adhiera estrictamente al principio de justicia absoluta en la relación económica entre países y se retiren las prácticas injustas de mercado que explotan los recursos de los pobres, por parte de todos los miembros de las Naciones Unidas, no se puede garantizar nunca la paz, ni tan siquiera visualizarse, para las naciones del mundo. Mientras que la relación de la Organización de las Naciones Unidas con sus estados miembros individuales no se defina más claramente que en la actualidad, las perspectivas de paz mundial seguirán sin ser nada prometedoras.

Se necesita idear alguna medida para evitar que los gobiernos sean crueles con sus propios súbditos. Se tiene que poner a disposición de las Naciones Unidas algún instrumento para luchar justamente contra la injusticia donde quiera que prevalezca. Hasta entonces, no se puede soñar con la paz del mundo.

Hasta dónde pueden interferir las Naciones Unidas en los llamados asuntos internos de un país, es una cuestión muy delicada y sin embargo vital para la consecución de la paz mundial. Pero si, en un análisis final, la política de las Naciones Unidas no está gobernada por el principio de justicia absoluta, y se aplican normas diferentes a naciones particulares, entonces, proporcionar a la Organización de las Naciones Unidas mayor influencia para interferir en los asuntos internos de un estado, puede crear más problemas que los que pretende resolver. Por lo tanto, este tema requiere un estudio completo, frío y objetivo.

Lo que ha ocurrido hasta ahora es simplemente que a la Unión Soviética y los países del bloque del Este se les ha obligado a confesar el error de las filosofías socialistas científicas en su pretensión de mejorar la calidad de vida en la Unión Soviética y sus países vecinos de Europa del Este. Esto ha creado gran confusión.

Todavía ha de aclarar la niebla antes de poder ver la forma de que van a adoptar las cosas. ¿Será una derrota total del socialismo científico seguida de un loco y precipitado regreso al capitalismo en su totalidad o habrá nueva experimentación con economías mixtas? ¿Ocurrirá un fracaso completo del estricto control central de los gobiernos totalitarios o se romperá en pedazos el control totalitario mismo, resultando en un estado cercano a la anarquía? O, ¿habrá una transición gradual de un control totalitario del estado a un nuevo sistema comprometido de dar y tomar entre el estado y el individuo de tal modo que, con el paso del tiempo, se introduzcan progresivamente las libertades civiles y se restauren los derechos humanos fundamentales?

Es importante esperar el resultado de una nueva lucha entre las ideas del Sr. Gorbachev de perestroika y glasnost por un lado y la actitud de la estricta ortodoxia de la jerarquía comunista. Por lo que yo sé, la mayoría de los beneficios de la sociedad sin clases de la URSS, los comparten mutuamente la jerarquía del partido, el servicio civil y las fuerzas de defensa. La cuestión vital es ¿qué papel van a jugar en esta etapa crítica naciente de la contrarrevolución incruenta que ahora está tomando forma?

Esta y similares cuestiones se tienen que contestar antes de que se pueda visualizar, de modo razonable, el impacto de estos cambios en las perspectivas de paz mundial.

Una simple detente entre las dos superpotencias, por sí misma, no aporta ninguna esperanza de paz. Por el contrario, evoca muchos fantasmas de peligros escondidos para los países del Tercer Mundo en particular. Fue la desconfianza existente entre las dos superpotencias y sus recelos los que, de hecho, crearon una especie de bóveda para los países más débiles. También fue la habilidad de las naciones más débiles de cambiar de lado y de aliados del Oeste al Este o viceversa lo que les dio una pequeña capacidad de maniobra y poder de negociación. Pero ahora ya no es así. ¿Qué esperanza pueden tener ahora estas naciones más débiles de sobrevivir con honra como naciones independientes en el futuro?

Al llegar aquí, el pensamiento se dirige a la ONU: un bastión de paz y la única antorcha de esperanza para el establecimiento de un nuevo orden mundial. Al menos, uno desearía que así fuese. Sin embargo, a partir de un examen crítico más cercano, surge una imagen completamente cruda, opresiva e incluso amenazadora.

En el nuevo balance emergente de poder, ¿no estarán las Naciones Unidas gobernadas prácticamente por una sola superpotencia? Esto conlleva para las naciones más pequeñas y más débiles la ausencia de alternativa para escapar al inevitable destino de los animales cazados.

Las actuales Naciones Unidas han demostrado una y otra vez ser una poderosa organización que trabaja, no por la justicia, sino para los fines políticos de cualquier nación que tenga el mayor poder para ejercer presiones. El concepto de «correcto» y «equivocado» nunca ha jugado un papel en el proceso de toma de decisión de las Naciones Unidas en nuestra memoria reciente y tampoco, con la actual estructura, puede jugar un papel serio en el futuro. Política y diplomacia están demasiado profunda e intrincadamente enraizadas en el terreno de la política moderna como para dejar algo de sitio para que la justicia absoluta eche raíces y se le conceda una oportunidad justa de supervivencia. Es un hecho duro y amargo, que ningún hombre que respete la verdad puede negar, que esta enorme y grandiosa institución se ha reducido a un ruedo de intrincadas actividades diplomáticas, ejercicio de presiones, cortejos secretos y luchas de poder, todos llevados a cabo en nombre de la paz mundial.

Según el Sagrado Corán, por tanto, lo que el mundo necesita es una institución que se imponga a sí misma la tarea de establecer la justicia. Sin justicia absoluta, no se puede concebir la paz. Se pueden hacer guerras de protesta en nombre de la paz, ahogar la conciencia e incluso disentir del objetivo propuesto de establecer la paz, pero todo lo que se ha de lograr es la muerte y no la paz.

¡Ay! Pocos entre los grandes políticos del mundo comprenden la diferencia entre muerte y paz.

La muerte nace de la injusticia, tiranía y la persecución de los poderosos. La paz es la hija de la justicia.

El Sagrado Corán habla a menudo de la paz, pero siempre en relación con la justicia. La paz se menciona a menudo como condicionada a la dispensa de justicia.

En una situación que evoluciona hacia la beligerancia y la hostilidad activa entre dos individuos o naciones musulmanas, el Sagrado Corán propone lo siguiente:

Mas si dos grupos de creyentes, sean individuos o naciones luchan mutuamente, estableced la paz entre ellos; si, no obstante, después de eso, uno de ellos persiste en la beligerancia y transgrede contra el otro, combatid colectivamente al grupo transgresor hasta forzarle a que acepte resolver su disputa de acuerdo al mandamiento de Al-lah. Luego, si ambas partes se someten, estableced la paz entre ellas y haced que     resuelvan sus disputas con equidad, y actuad con justicia. Recordad que Al-lah ama al justo. En verdad, todos los creyentes son hermanos. Estableced, pues, la paz entre vuestros hermanos, y estad atentos a vuestro deber para con Al-lah para que se os muestre misericordia.” (C.49. Al-Huyurat: 10-11)

En el versículo relatado, no se menciona a los no musulmanes por la razón obvia de que no se puede esperar de ellos que se sometan a las enseñanzas del Corán. Sin embargo, el versículo sirve de excelente modelo para ser seguido por todo el mundo.

Mientras que los ojos del mundo se vuelven hacia las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad, con la esperanza de que adquieran un papel más activo, amplio y significativo en la resolución de las disputas internacionales y en la transformación del mundo en una morada más tranquila, segura y pacífica, hay muy poco en la historia anterior de la actuación de las Naciones Unidas que dé credibilidad a este espejismo. Un ruedo mundial de ejercicio de presiones, intriga, intensa actividad diplomática encaminada a la formación de grupos de presión e intentos de dominar a los oponentes por cualquier medio posible, donde los escrúpulos no tienen lugar y la conciencia humana tiene la entrada restringida, puede, por supuesto, llamarse Casa de las Naciones aún en conflicto y desorden. Pero sería una ironía llamar a tal casa, la casa de las Naciones Unidas. Si ese es el concepto de unidad, yo preferiría más bien apostar por la supervivencia en una comunidad de Naciones que estuviesen desunidas, pero unidas en la verdad y la justicia.

La voluntad de juntar poder para destrozar adversarios y al mismo tiempo ser la voz de la disidencia, es una cuestión vital que toda nación debe plantearse y resolver. Uno se pregunta con un profundo sentimiento de tristeza cuánto tiempo continuarán las naciones miembros de esta augusta Casa cerrando sus ojos y rehusando abrir sus mentes a los peligros inherentes a la forma en que se llevan los asuntos de las naciones.

La paz mundial pende peligrosamente de la cuerda de una débil esperanza: que la equidad prevalecerá y que, efectivamente, se hará justicia.

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