El Islam y la democracia

agtariq
Por agtariq febrero 10, 2016 16:06

El Islam y la democracia

La confusión en cuanto a la verdadera naturaleza del gobierno islámico

Se está haciendo popular entre los pensadores políticos musulmanes de la época contemporánea, postular que Islam se inclina por la democracia. Según su filosofía política, al ser Dios la autoridad definitiva, la soberanía le corresponde a Él.

La autoridad divina

La soberanía absoluta le corresponde a Dios. El Sagrado Corán recalca Su dominio en el siguiente versículo:

«Exaltado sea pues Al-lah, el Verdadero Soberano. No hay otro Dios sino Él, el Señor del Trono Glorioso» (C. 23: Al-Mu´minun: 117).

El principio fundamental de que, en última instancia, todos los derechos a gobernar pertenecen a Dios y que Él es el Señor de la Soberanía, se menciona de distintas formas en el Sagrado Corán, de las cuales el versículo anterior es sólo un ejemplo.

En el manejo de los asuntos políticos, la soberanía de Dios se expresa de dos maneras:

  1. a) La Ley (Shariah) por derivarse del Sagrado Corán, la conducta del Santo Profeta del Islam (la paz de Dios sea con él)) y también de las tradiciones establecidas atribuidas a él por los primeros musulmanes, es suprema. Conlleva pautas esenciales para la legislación y ningún gobierno elegido democráticamente puede interferir en la Voluntad expresa de Dios.
  2. b) Ningún proceso legislativo sería válido si contradijese el principio antedicho.

Desgraciadamente, sin embargo, no hay unanimidad entre los letrados de las diversas sectas del Islam en cuanto a cuales son las Leyes bien definidas (Shariah). Todos los letrados están de acuerdo en que la legislación es prerrogativa de Dios y que Él ha expresado Su Voluntad a través de la revelación coránica al Sagrado Fundador del Islam.

En cuanto al modo en que debieran manejarse los gobiernos islámicos, la idea popular es que en los temas, asuntos y medidas administrativas del día a día, el gobierno, como representante del pueblo, sirve como instrumento para expresar la Voluntad de Dios. Como la soberanía pertenece al pueblo a través de un poder delegado, por tanto tal sistema es democrático.

Mul-lahismo

Este es el punto de vista riguroso de la así denominada ortodoxia, que llegaría a un entendimiento con las tendencias democráticas modernas del pueblo musulmán, sólo a condición de que se garantizase al Mul-lah (traducción aproximada del «clero» musulmán) el derecho definitivo a juzgar la validez de las decisiones democráticas, basándose en el Shariah.

Si se aceptase, esta demanda sería equivalente a situar la autoridad legislativa definitiva no en las manos de Dios sino en las manos de los ortodoxos o de alguna otra escuela del clero. Si se considera el enorme poder puesto en sus manos en el escenario de las diferencias fundamentales que prevalecen entre el mismo clero musulmán en lo que se refiere a su comprensión de lo que es y lo que no es Shariah, las consecuencias se presentan horrendas. Hay demasiadas escuelas de jurisprudencia entre los ortodoxos. Incluso dentro de cada escuela de jurisprudencia, el clero no se muestra siempre unánime ante cualquier decreto. De nuevo, su posición en cuanto a cuál es la verdadera Voluntad de Dios según lo expresado en el Shariah Islámico, ha ido cambiando en los diferentes períodos de la historia.

Esto representa un problema complejo para el mundo contemporáneo del Islam, el cual todavía parece estar en busca de su verdadera identidad. Cada vez se está haciendo más aparente para los intelectuales musulmanes que el único punto de encuentro entre el clero es su demanda intransigente de que se ejecute la Shariah.

La revolución iraní ha abierto más el apetito de los Mul-lah en países donde los musulmanes Sunnitas son mayoría. Según ellos, si Jomeini puede triunfar, ¿por qué van a fracasar ellos? Detrás de esto está su fantasía -la tierra de sus sueños-.

Las masas están confundidas. ¿Preferirías la Palabra de Dios y la del Sagrado Profeta del Islam (lpD) o la de los hombres en una sociedad sin dios y sin temor para que guíen y conformen tus declaraciones políticas? Esta cuestión es extremadamente difícil para una persona común, que se encuentra a sí misma en estado de desconcierto y confusión. Las masas de muchos países musulmanes adoran el Islam y estarían dispuestos a morir por la Voluntad de Dios y el honor del Santo Profeta del Islam (lpD). Aún así, hay algo dentro de todo el escenario que les deja confusos, molestos y muy intranquilos. A pesar de su amor a Dios y al Santo Profeta (lpD), les evoca muchos recuerdos sangrientos de gobiernos del pasado que estaban bajo la influencia de los Mul-lahs o que explotaban el Mul-lahismo para su beneficio político.

En cuanto a los políticos musulmanes, parecen estar divididos e indecisos. Algunos no pueden resistirse a explotar esta situación, poniéndose del lado de los Mul-lah y favoreciéndoles. Sin embargo, acarician la esperanza secreta de que a la hora de las elecciones, no serán los Mul-lah sino ellos, los elegidos como firmes defensores del Shariah. Las masas preferirían confiar más en ellos como guardianes del Shariah, que en los Mul-lah. La vida sería más sencilla y más realista en sus manos que bajo el control obstinado e inflexible de los «custodios del cielo». Los más escrupulosos de entre los políticos, son los previsores que consideran este un juego peligroso. ¡Ay! Se están convirtiendo rápidamente en una minoría. La política y la hipocresía y la verdad y los escrúpulos, o cualquier virtud noble en ese asunto, no parecen ir de la mano. En general, los intelectuales se inclinan cada vez más por la democracia. Aman el Islam, pero tienen miedo de un gobierno teocrático. Ven la democracia, no como una alternativa al Islam, sino que creen genuinamente que como filosofía política, es el mismo Sagrado Corán el que propone la democracia:

“Quienes escuchan a Su Señor y cumplen la Oración, cuyos asuntos se deciden por consulta mutua, y emplean de lo que les hemos proporcionado.» (C. 42: Al-Shura: 39).

“Y consúltales en asuntos de administración; y cuando estés decidido, pon tu confianza en Al-lah. En verdad, Al-lah ama a quien pone en Él su confianza.» (C. 3: Al-Imran: 60).

Como claro resultado de esta lucha crítica entre las diversas facciones, los países musulmanes jóvenes, como Pakistán, se encuentran a sí mismos en un galimatías de confusión y contradicción. El electorado es temperamentalmente adverso al retorno de los Mul-lahs a las asambleas constituyentes en número significativo. Incluso en la cima de la fiebre del Shariah, apenas del cinco al diez por ciento de los Mul-lahs logran el triunfo en las elecciones. Sin embargo, al haberse comprometido a la Ley de Dios a cambio del apoyo adicional de los Mul-lahs, los políticos se encuentran a sí mismos en una posición nada envidiable. En el fondo, están completamente convencidos de que la aceptación del Shariah es, en realidad, contradictoria con el principio de legislatura a través de una cámara de representantes elegida democráticamente.

Si la autoridad para legislar recae en Dios, lo cual no puede negar un musulmán, entonces, como consecuencia lógica, son los teólogos y los Mul-lahs los que poseen la prerrogativa de comprender y definir la ley del Shariah. En este escenario, todo el ejercicio de elección de cuerpos legislativos se vuelve inútil y carente de sentido. Después de todo, a los miembros del Parlamento no se les requiere que firmen solo sobre las líneas de puntos que les indiquen los Mul-lahs.

Es bastante trágico saber que ni el político ni el intelectual han intentado nunca comprender con sinceridad la forma o formas de gobierno que el Sagrado Corán realmente propone o reconoce.

Lealtades divididas entre el estado y la religión

No hay contradicción entre la Palabra de Dios y la Acción de Dios. No hay choque entre lealtad al estado propio y a la religión en el Islam. Pero esta cuestión no afecta sólo al Islam.

Hay muchos episodios en la historia del hombre en los que un estado establecido se vio afrontado a esta cuestión.

El Imperio Romano, especialmente durante los tres primeros siglos del período cristiano, culpó a la Cristiandad de lealtades divididas entre el Imperio y La Cristiandad. Esta acusación del estado acabó en la persecución extremadamente salvaje e inhumana de los primeros cristianos en sus hogares, por el supuesto crimen de traición y deslealtad al Emperador.

Esta lucha entre la Iglesia y el Estado ha constituido siempre un factor importante en la construcción de la historia europea. Napoleón Bonaparte, por ejemplo, culpaba al Catolicismo Romano de dividir lealtades y afirmaba que la primera lealtad se debía al pueblo francés y al gobierno de Francia y que no se permitiría a ningún Papa vaticano gobernar los asuntos de los católicos romanos en Francia, ni se permitiría al Catolicismo Romano interferir en los asuntos del estado.

Era el mismo espíritu de locura poseyendo a nuevos sujetos. El vino sigue siendo el mismo, aunque las copas hayan cambiado.

Más recientemente, durante el notorio asunto de Salman Rushdie, los musulmanes de Gran Bretaña y muchas partes de Europa se enfrentaron a un problema similar al ser acusados de poseer lealtades divididas. Aunque su intensidad no llegó al rojo vivo, el fuerte daño que supone para las relaciones intercomunitarias, no debiera subestimarse.

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